En un pueblo de México nació una niña con un defecto, de que parecían dos personas en uno, pero, a las pocas semanas de nacido, murió. Entonces, el sacerdote de aquel pueblo intervino diciendo:
— Llamen al médico para que le haga una autopsia, porque —si es obvio que murió por las razones que sabemos y que la criatura ha tenido dos corazones— nosotros tengamos que hacer un funeral o dos. Pues si tuvo dos corazones, eso quiere decir que tenía dos almas y hay que hacer las funerales como corresponden.
¿Quién hace eso por un pueblo al que quiere exterminar? Nadie. Nadie de buenas a primeras construye treinta hospitales para curar a la gente de los pueblos a los que quiere exterminarlos. Nadie construye templos, junto con los lugareños, para que ellos también participen de las sagradas liturgias, si lo que pretende es exterminar o acabar con ellos.
Cuando Hernán Cortés y los frailes construyeron la catedral de aquel pueblo para celebrar la liturgia juntos, los indios no querían entrar. De manera que tuvieron la idea de hacer capillas abiertas en el atrio para que ellos puedan entrar. Colocaron una cruz en cada capilla y lo consagraron para que sea parte de la Iglesia. Incluso hicieron liturgias afuera, en el atrio, para que los indios puedan participar. ¿Será que esto se hace con el afán de exterminarlos o deshacerse de ellos? ¿No fue más bien una forma de integrarlos?
Otro maravilloso dato de lo que hizo Antonio de Nebrija en 1492, la de escribir la gramática del Náhuatl, luego la gramática quechua, en español. No se hace este monumental trabajo para un pueblo al que quieres exterminar sino al que quieres comprender y con quien quieres compartir lo mejor que tienes y enriquecerse mutuamente.
Sería conveniente también investigar a Fray Bernardino de Sahagún, franciscano, que llegó en 1529 a la nueva España, a la edad de 30 años. Este fraile murió allí 1590, después de haber gastado su vida en beneficio del mestizaje y la evangelización. Este hombre, en su dedicación a la evangelización, solía decirse constantemente: “a esta gente yo no les puedo quitar su religión porque eso los va a deprimir terriblemente. Yo tengo que comprender su religión, ver en qué se parece a la mía y generar una fusión, pero esto no será posible si no comprendo su lengua. Por tanto, debo aprender primero el náhuatl, para que sus sacerdotes me expliquen su religión y que yo los entienda. Sólo así podré enseñarles el cristianismo en su propia lengua”.
De buenas a primeras, ¿acaso uno se tomaría semejantes molestias en relación a un pueblo conquistado al que se quiere aniquilar? No, por su puesto que no. Esa molestia solamente se toma alguien que quiere comprender, comprender a un pueblo compuesto de personas con alma y con dignidad humana, con quienes le toca vivir y de los que toca aprender.
Por tanto, si se estudiara más seriamente a fray Bernardino de Sahagún, se llegaría a entender que nunca hubo conquista sino una asimilación cultural muy ruda, muy difícil con momentos malos y con momentos buenos, seguramente con algo de violencia en algunos casos. Por eso sucedió que, después de la independencia, nadie renunció al catolicismo ni a la virgencita de Guadalupe ni a Jesús para regresar a Huitzilopochtli, tal como sucedió en México.
Esto quiere decir que, en otras palabras, nunca hubo conquista espiritual. La conquista espiritual es, hasta cierto punto, algo absurdo, como lo es el hecho de decir que somos hermanos latinoamericanos, porque lo que nos hermana no son las culturas indígenas que no se conocían entre ellos y si en algún momento se conocieron no se llevaron bien. De manera que, lo que nos hermana realmente a la América hispana es la Hispanidad, pues ellos terminaron hermanándonos a todos los pueblos de esta región del mundo. Esta comprensión implica comenzar a contarnos a nosotros mismos una historia diferente, porque nuestro futuro depende de eso básicamente y, para ser libres a nivel individual y colectivo, necesitamos un proceso muy profundo de perdón. Pero no se trata de un perdón a España por hacernos algo —porque no nos lo hizo ni que los españoles perdonen a América porque tampoco les hicimos algo— sino de que nos perdonemos a nosotros mismos por habernos permitido contar esa historia catastrófica de la conquista y habernos creído todo eso por tanto tiempo. En ese sentido, el perdón por el que se aboga aquí no es para otra cosa que liberarse de uno mismo, de sus propias creencias y de sus propias emociones negativas.
Por tanto, mientras sigamos usando esa historia catastrófica para generar rencores estamos condenados a la barbarie y a la decadencia. Pero, si aprendemos a usar la historia para perdonarnos, podremos llegar a comprender que en Hispanoamérica no hubo sino una fusión de culturas y nunca una conquista. Tal como lo demuestran los datos empíricos que subsisten hasta ahora, en el ámbito del folclore, la gastronomía, costumbres y otras prácticas que no dejan de ser comunes a toda la hispanidad. La conquista, por tanto, no es sino un discurso en nuestra mente.

Deja una respuesta